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Sevilla, territorio AC DC

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La banda conquistó anoche la capital Hispalense con un concierto memorable, en el que se pudieron dejar a la crítica boquiabierta.

Axl Rose atina y clava cada una de las canciones, postrado en su trono debido a su lesión en el pie:

A continuación la crónica del concierto de EL PAÍS.

Uno podría intuir por el vídeo introductorio al concierto – una mezcla de Manga y The Martian hecho por alumnos de segundo curso de alguna escuela de animación- , que el futuro, como concepto universal, es un lugar en el que AC ⁄ DC no debería siquiera plantearse estar. Pero, seguramente, la banda estará. Para ellos, 2016 es el futuro. El más lejano. ¿Recuerdan cuando soñábamos que en el siglo XXI comeríamos sólo pastillas de colores y nos teletransportaríamos? Pues 2016 es el año en el que aún escuchamos Shoot to thrill y nos emocionamos. Y además, cantada como jamás se ha hecho, pues Axl Rose clava cada nota y le añade un plus de peligrosidad que hace muchos años que los australianos, convertidos en banda familiar, perdieron. Y eso en una puesta en escena que llega lastrada por su lesión en el pie que le mantiene postrado en una suerte de trono. Pero el efecto, con toda la banda cobijada en el patio trasero del escenario y él en pleno centro rodeado una y otra vez por Angus Young –parece que en cualquier momento va a orinar alrededor de Axl para marcar su territorio-, con su uniforme escolar, termina resultando más elaborada y sorprendente que el de cualquier diva que se haya gastado millones en trajes, bailarines y cosas que hacen bum. Esto da miedo. Es el futuro y ahí solo están el cantante de Guns N’ Roses y un sesentón australiano vestido de colegial que toca la guitarra como si en vez de un instrumento fuera su instrumento. JG Ballard orgulloso de esta distopia. Si nos vamos al carajo, que nos vayamos cantando Back is black desde un trono después de haber pasado media docena de veces por la clínica de estética. Actuar con AC/DC da sentido a todos los intentos del líder de Guns N’ Roses por estirarse. Es contradictorio, pero también es que, en el momento en le que parecía que se iba a colapsar porque las circunstancias le obligaban a tomar una decisión, la banda más conservadora del planeta ha encontrado una salida hacia adelante en lo que hace solo un mes parecía un desesperado intento por seguir hacer funcionar la caja registradora.

AC/DC tal vez sea la banda de rock con el público más fiel y entregado. Lo dan todo, y los de Angus Young se lo han dado todo, desde principios de los años setenta. Pero esta vez la cosa se torció. La nueva fase de su enésima gran gira mundial (Rock or burst) llegaba lastrada por la ya conocida ausencia de Phil Rudd, el batería, con problema legales –estuvo en arresto domiciliario-, Malcolm, el guitarrista rítmico, compositor, hermano de Angus y quien es y fue el verdadero factótum de la banda, tuvo que bajarse del carro en 2014 por demencia senil. Todo esto, en un equipo tan compacto como este, fueron inconvenientes que se solventaron con su correcta dosis de tristeza, pero siempre con la comprensión de unos fans que han aceptado a los autores de Highway to hell como parte de su familia. A veces, incluso más.

El verdadero problema apareció cuando hace apenas un par de meses, a Brian Johnson, el segundo vocalista en la historia de la banda – sustituyó a Bon Scott en 1980 después de que este dejar de estar disponible por haber fallecido- le advirtieron sobre el peligro que corría su sordera de convertirse en total.Tuvo que cancelar su aparición en la gira. Entonces, Axl Rose, el elusivo vocalista de Guns N’ Roses, se ofreció para el puesto. Se lo dieron. Para celebrarlo, se rompió un dedo del pie. Y entonces le dieron el trono con el que Dave Grohl (Foo Fighters, ex Nirvana) había actuado cuando se lesionó. Le quitaron ornamentos para adecuarlo a la vocación espartana de la banda y el pasado 7 de mayo se subió al escenario en Lisboa por primera vez. Podría haber sido el mayor desastre de la historia del rock. Pero salió bien. Ellos sabían que iba a salir bien, si no, no hubieran invitado a la prensa británica, como hicieron, con el fin de preservar las entradas ya adquiridas para las fechas en las islas. Y cuando suena Thunderstruck la cosa parece que estaba destinada a ser así: un guiñol irresistible con un todos los tics de una marca llevados al extremo pero aceptados, no ya tanto por comodidad, familiaridad y acumulación, como por una inesperada capacidad de, sin siquiera proponérselo, reavivar una fórmula que, antes de Brian Johnson, parecía insostenible y que, después de él, parece infalible. Con cualquier otra banda, podría decirse que el final del concierto es el momento de encadenar hits (Whole lotta rosie, Let there be rock…), pero AC/DC tienen tantos temas memorables, que casi lo que tocan al final palidece frente a You shook me all night long o Shot down in flames, que sonaron 20 minutos antes. En la presentación de este último, Axl Rose hizo la misma broma que en Lisboa, una chanza el respecto del sujeto del tema: el fracaso con las mujeres bellas. “La historia de mi vida”, repitió, pie en alto, totalmente integrado en la máquina de hacer que las cosas no dejen de funcionar que es AC/DC. Cuando Axl pueda moverse, igual esto pierde encanto, pero la cuestión aquí es que los australianos lograron moverse. Lo justo para no molestar a sus fans –al menos, a los que no han devuelto las entradas- y lo necesario para que quienes empezaban a ver su coreografía desde cierta distancia, se acerquen a ver qué pasa por ahí. Son las canciones de siempre, pero si se mira y se escucha con cuidado, cantadas y tocadas como nunca. Por una vez.

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